De esta manera, los nombres consagrados [1] ahondan, aunque sea de manera tangencial, en dichos procesos de búsqueda, de indagación a partir de los códigos que ellos mismos han erigido. Entre ellos, quien mayor reforzado sale es el chino Jia Zhang-ke, a través de otra obra majestuosa en su devastación. Convertido desde hace tiempo en fiel cronista de las transformaciones sociológicas del gigante asiático, en "traidor" que disecciona las contradicciones de una nación bicéfala, en Naturaleza Muerta (Sanxia haoren, 2006) vuelve a poner de manifiesto su incuestionable compromiso con el presente de su país, con la gente que subsiste en los vertederos de su pseudocapitalismo –a la que hace alusión, por cierto, el título original del film-. Para ello, concede vida a uno de los protagonistas de las pinturas de Liu Xiadong y lo complementa con su reflejo femenino, a los que envía a escarbar en su pasado, en una búsqueda que no es otra que el reencuentro con ellos mismos, o a un nivel maximalista, el reencuentro de China con sus orígenes, con sus individuos. Jia Zhang-ke, más cerca del Rossellini de Alemania año cero (Germania anno zero, 1948) –el italiano construye una ficción dentro de un marco documental- que del Kiarostami de Y la vida continúa (Zendegi va digar hich, 1991) –al iraní le surge una ficción cuando el documental no puede abarcar ya más- acude a un escenario natural, la Presa de las Tres Gargantas, para captar un momento irrepetible, para capturar imágenes que ya no podrán ser capturadas, solo recreadas. Jia no filma una destrucción, rueda como se sucede una destrucción, de ahí que su película pueda considerarse una snuff-movie donde el cuerpo que sufre no es de carne, sino de hormigón, un cuerpo que es derruido gradualmente por sus propios moradores. Y de esas ruinas nace una fuerte voluntad de resistir -¿la de Juventude em marcha (Pedro Costa, 2006)?-, la de unos personajes que no se abandonan a la nostalgia del pasado, ni que desisten ante la deflagración simbólica de las estructuras, sino que se enfrentan con ansia ante la incógnita del futuro; unos personajes que pese a estar modelados por el nuevo paisaje –y atención a la delicada puesta en escena de Jia, que desecha los primeros planos para confrontar al individuo con su entorno-, se oponen a ser absorbidos por éste.

Por detrás de Jia Zhang-ke, Hong Sang-soo y Apichatpong Weerasethakul se buscan a sí mismos, se encuentran en su terreno, y luego se vuelven a perder. Ambos culminan sus películas con secuencias que los dejan en una posición enigmática, de indescifrable espera ante el futuro. El coreano redescubre la senda en una historia de encuentros y desencuentros, adoptando una estructura menos cerrada que en sus anteriores obras pero a la que dota de una enorme vitalidad y frescura. Su narración, siempre en espejo, siempre reescrita a partir de una verdad que se cuestiona, se dispersa más que nunca en constantes líneas de fugas, en caminos que no llevan a ningún sitio -¿cómo el coche del epílogo?- y en conversaciones que se truncan tras un corte brusco. En Woman on the Beach (Haebyonui yoin, 2006), Hong se acerca a la playa para dejar que su narración se pierda en la deriva, y para cumplimentar finalmente uno de esos tratados (muy suyos) de luminoso suspense, basados (¡como no!) en sus habituales ejercicios de combinatoria con los personajes.

Algo parecido le sucede al Apichatpong de Syndromes and a Century (Sang sattawat, 2006), que incide en el modelo especular pero más cercano al del coreano que al de Tropical Malady (Sud pralad, 2004). Si en esta última hablábamos de dos universos que se contaminan mutuamente para dar paso a una realidad más pura –y por tanto, inexistente por deseada-, en Syndromes and a Century las imágenes que conforman cada segmento se encuentran segregadas, se niegan a contagiarse. El tailandés, cuya visión del mundo responde a una inocencia rara avis para los tiempos que corren, entiende el cine como una variable dicotómica cuyos valores están permanentemente en conflicto. De ahí que sus películas –y en particular esta última- tiendan al maniqueísmo, pero no como un prejuicio ético, sino como una partición primitiva, una visión que antecede al cine, y que por tanto, visualiza desde una puesta en escena que de tan transparente se revela impenetrable. Apichatpong culmina su película –ligera, ágil y rebosante de diálogos- con un regreso a esa arcadia que tanto le fascina, poniendo en duda la veracidad materialista, fría y deshumanizada del segundo segmento: ¿podría tratarse entonces de una pesadilla?

Intentos...

Explorando nuevas vías narrativas con más o menos fortuna nos encontramos en primer lugar con Opera Jawa (Garin Nugroho, 2006), un extravagante musical procedente de Indonesia que escenifica a modo de danza tradicional de Java –el "wayang orang"- un cuento local. Una vez superada la extrañeza inicial, Opera Jawa se maneja entre el exotismo y la admiración, entre la fascinación y el tedio, pero al menos pretende rastrear otros caminos para narrar una historia universal de celos, amoríos, y de tres cuando solo caben dos. Y es que pese a su presunta teatralidad, Nugroho no se limita a empotrar su cámara, sino que recurre a frecuentes movimientos, a sinuosas coreografías, y se entrega a una, por momentos, desbordante inventiva visual. Sobre su supuesta reflexión sobre la violencia mundial y la desigualdad social, a nuestro parecer desacredita más que ayuda. En otra línea de experimentación se encuentra Life Can Be So Wonderful (Sekai wa tokidoki utsukushii. Osamu Minorikawa, 2006), sucinto film de historias cortas que pretende radiografiar cinco estados de ánimo mediante una estética cercana al videoarte. Pesado ejercicio de montaje emocional, de esforzada poética y desgastado lirismo, Life Can Be So Wonderful se hunde cuando ni siquiera se le concede espacio a las imágenes para que hablen por sí solas, y la densa verborrea termina dinamitando los trabajados motivos visuales.

Mucho más estimulantes resultaron otras dos películas procedentes de cinematografías tan jóvenes como la filipina o la malaya. La primera nos brindó con The Bet Collector (Kubrador. Jeffrey Jeturian, 2006) uno de los trabajos más imprevisibles de todo el festival. Su protagonista (Amy), que podría pasar perfectamente por la abuela de la Rosetta de los Hermanos Dardenne, o la madre del Keane de Lodge Kerrigan, es una mujer que batalla día a día en las barriadas de Manila por el cobro de apuestas de una lotería ilegal, mientras la liviana cámara de Jeturian se le aferra al cuerpo en una de esas tramas de seguimiento que exploran la psicología de sus personajes al confrontarlos con su itinerario cotidiano. Para su realizador, ningún acontecimiento nos habla más que otro sobre la condición de Amy, de ahí que todas las acciones de su devenir diario sean seguidas para perfilar su dificultosa existencia –no ajena, de todos modos, al apunte social-. The Bet Collector vuelve a evidenciar también como el formato digital está cambiando la manera en que nos aproximamos a nuestras realidades más cercanas, dotándolas de un verismo muy tangible, gracias también a la limpieza estilística del film, la cual contrasta con los naturalistas (y agradecidos) interludios fantásticos que jalonan el largometraje.

Por otro lado, de Malasia nos llegó Rain Dogs (Tai yang yue, 2006), dirigida por uno de sus cineastas más prometedores, Ho Yuhang. Si hasta ahora era Tsai Ming-liang su principal influencia –a falta de ver Sanctuary (2004), su anterior película- aquí fija su mirada en la primera época de Hou Hsiao-Hsien a través de una narración quebrada donde explora el proceso de madurez de un joven que abandona Kuala Lumpur tras el asesinato de su hermano. Ho Yuhang confronta la vida en la metrópoli con el medio rural, mediante una puesta en escena despojada donde la pureza no reclama trascendencia, renuente al énfasis y cuyo desarrollo descansa sobre el trabajo con la elipsis, lo que concede al film un tono fragmentado donde los espacios en blanco se convierten en zonas fértiles que el avezado espectador debe rellenar.

 

[1] Con la excepción de Tsai Ming-liang, de quien no pudimos ver su I don´t want to sleep alone (Hei ya quan, 2006)

[2/3]