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Os
presentamos un documento muy interesante: el discurso que
pronunció el escritor japonés Yasunari Kawabata
con motivo de la concesión que se le hizo del Premio
Nobel de Literatura... En él realiza un recorrido por
la belleza y su búsqueda en la literatura japonesa...
Un sentido homenaje a los que le precedieron...
Agradecemos
a Álvaro Alda habernos facilitado este texto.
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En primavera, flores
de cerezo;
en verano, el cuclillo.
En otoño, la luna, y en
Invierno, la nieve fría y transparente.
Luna de invierno, que vienes
de las nubes
a hacerme compañía:
el viento es penetrante, la nieve, fría.
El
primero de estos poemas es del monje Dogen (1200-1253) y lleva como
título Realidad innata (Honrai no Menmoku). El segundo
es del monje Myoe (1173-1232). Cuando me piden ejemplos de mi escritura
autógrafa, éstos son los poemas que elijo a menudo.
En el poema de Myoe hay una
introducción, inusualmente extensa y detallada, que pone de
manifiesto el corazón del mismo, y que bien podría ser
llamada narración poética: "Era la noche del duodécimo
día del duodécimo mes del año [lunar] de 1224,
con cielo nublado y luna oscura. Yo estaba sentado en meditación
zen en el Pabellón Kakyu. Cuando llegó la hora de la
vigilia de medianoche, al cabo de mi meditación, descendí
desde el Pabellón, situado en la cima, hacia la base de la
montaña. Y fue entonces cuando la luna surgió de entre
las nubes e iluminó la nieve. Con la luna como compañera,
ni el aullido del lobo en el valle me producía temor. Cuando
llegué al llano, nuevamente las nubes envolvían a la
luna. Como la campana estaba señalando la última vigilia,
ascendía una vez más hacia la cima, y la luna, saliendo
de entre las nubes, me vigilaba por el camino. Al llegar a la cima
y entrar en el pabellón, la luna, que perseguía a las
nubes, parecía ocultarse detrás de una cumbre distante,
y me pareció que me hacía secreta compañía."
Aquí sigue el poema
que he citado, y a continuación hay otro, con la explicación
de que Myoe lo compuso cuando entró en el Pabellón para
meditar después de ver que la luna se ocultaba tras la montaña:
Iré al otro
lado de la montaña,
¡Ve allí también, oh luna!
Noche tras noche
nos haremos compañía.
Esto
da motivo para otro poema. Posiblemente, Myoe pasó el resto
de la noche meditando en el Pabellón; o quizás haya
regresado allí antes del amanecer: "Al abrir mis ojos
en el transcurso de mis meditaciones, vi la luna del amanecer iluminando
la ventana. Vi el fulgor de los rayos de luz de la luna que entraba
en el oscuro lugar en que me hallaba, y sentí que mi corazón
purificado irradiaba la luz de la luna misma":
Si mi corazón
puro brilla,
la luna piensa
que esa luz le pertenece.
Así como a Saigyo
se lo considera el poeta de los cerezos en flor, Myoe ha sido llamado
el poeta de la luna. A este último pertenece un canto que consiste
en reiterar exclamaciones provocadas por una profunda emoción:
Oh brillante, brillante,
oh brillante, brillante, brillante,
oh brillante, brillante.
Brillante, oh brillante, brillante,
brillante, oh brillante luna.
En sus tres poemas sobre
la luna de invierno, desde el comienzo de la noche hasta el amanecer,
Myoe sigue puntualmente la tendencia de Saigyo, otro monje-poeta que
vivió de 1118 a 1190: "Aunque escribo poesías,
no me considero un poeta". Las treinta y una sílabas de
cada poema, inocentes y sinceras, se dirigen a la luna, más
que como compañera, como amiga, como confidente. Viendo a la
luna, el poeta se convierte en la luna; la luna, vista por el poeta,
llega a ser el poeta. Al sumergirse en la naturaleza, forma un todo
con ella. Así, la luz del corazón puro del monje, mientras
medita en el Pabellón durante la oscuridad que precede al amanecer,
se transforma para la luna del amanecer en su propia luz.
Como hemos visto en la extensa introducción al primero de los
poemas de Myoe, la luna de invierno se convierte en compañera;
el corazón del monje, sumido en meditación sobre religión
y filosofía, allá en el Pabellón de la montaña,
está ligado con una sutil correspondencia e interacción
con la luna; y a esto le canta el poeta.
Elijo
ese primer poema, cuando me piden ejemplos de mi escritura autógrafa,
por su notable calidez y comunicación. Luna de invierno, que
sales y entras de las nubes, haciendo brillantes mis pasos al ir y
venir del Pabellón para meditar, y que haces que no tema el
aullido del lobo, ¿no sientes que el viento te penetra, no
te da frío la nieve? Elijo ese poema porque habla del espíritu
profundamente apacible y afectuoso del pueblo japonés; es un
canto, de honda y cálida devoción, al hombre y a la
naturaleza.
El doctor Yukio
Yashiro internacionalmente conocido como estudioso de la obra de Botticelli;
hombre de gran erudición acerca del arte del pasado y del presente,
de Oriente y de Occidente ha dicho que una de las características
distintivas del arte japonés se puede resumir en una simple
frase poética: "La época de la nieve, de la luna,
de los cerezos en flor: entonces, más que nunca, pensamos en
quienes amamos". Al contemplar la belleza de la nieve, de la
luna llena, de los cerezos en flor, es decir, cuando despertamos ante
las bellezas de las cuatro estaciones y entramos en contacto con ellas,
cuando sentimos la felicidad de habernos encontrado con la belleza,
es cuando más pensamos en quienes amamos y deseamos compartir
con ellos esa felicidad. La emoción ante lo bello despierta
fuertes anhelos de amistad y compañerismo, de modo que la expresión
"ser querido" puede ser tomada como equivalente a "ser
humano". La nieve, la luna, las flores de cerezo, palabras que
representan la belleza de cada una de las estaciones que se suceden
una tras otra, abarcan en la tradición japonesa toda la belleza
de las montañas y los ríos y las hierbas y los árboles,
todas las múltiples manifestaciones tanto de la naturaleza
como de los sentimientos humanos.