Tal vez la marca fundamental de esta historia sea la sordidez. Ciudad sórdida, habitaciones, bares y personajes sórdidos, crímenes sórdidos. Asesinatos de mucho impacto sanguinoliento y poca espectacularidad. Que no buscan belleza sino repulsión. Más que Hollywood encontramos baños de Constitución. Una ciudad monstruosa que produce monstruos. Y cuando hablo de monstruos no me refiero al asesino: lo digo por los tacheros, símbolo del poligrillo ciudadano ventajero y miserable. Me refiero al bicho que con tal de sacar 30 centavos más caga a quien sea, al que abusa de cualquiera en cuanto le logra alguna mínima superioridad de condiciones. Esos interesados especuladores de lo mínimo. Es decir: a nosotros, pequeños bicharracos inmundos. Por eso esta peli es tremenda: porque si bien la identificación inicial es con el asesino, si nos ponemos a escarbar un poquito en nosotros mismos, deberíamos identificarnos con los tacheros. Sí, vos también, comadreja de mierda, sos uno de los objetos que hacen de este mundo una mierda vergonzosa, parece decirnos esta peli. O nos lo dice, si queremos escucharla.

Para que la estructura de la peli se sostenga, aparte de la escalada delictiva de este hombre, se desarrolla una subtrama que incluye a un amigo suyo policía, al compañero de su amigo y a una joven reportera. Subtrama que, como probó Herman Yau en The Untold Story con buen resultado, se apoya en un tono de comedia casi sainetera. Podríamos decir que estamos mezclando Esperando la carroza con la zona más espesa de Taxi Driver. (Hay incluso una escena en particular de homenaje a la gran peli de Scorcese, en que Anthony Wong se prepara para matar y habla solo, como ensayando sus próximos enfrentamientos). Este alternar de códigos, tan habitual en el cine hongkonés, funciona acá de manera algo más fluida que en The untold story (sin querer decir con esto que nos guste más), y va a funcionar de manera más orgánica y poderosa aún en:

EL SÍNDROME DE ÉBOLA
( Y i b o l a ·b i n g · d u . H e r m a n · Y a u , 1 9 9 6 )

Llegamos a la cereza podrida del postre de mierda.

Empieza la peli con Wong dándole marcha a la mujer de su jefe, mientras la hijita de ella espera afuera del departamento. Llega el jefe con un amigo y se pudre todo. Entonces Wong mata al jefe y al amigo, le corta la lengua a la mujer, y está a punto de incendiar viva a la nena, cuando lo interrumpe la llegada de un amigo de él. Luego el se va de Hong Kong, y 10 años después lo encontramos laburando en un restaurante chino en Sudáfrica. Con un jefe que, sabiendo que no puede llamar la atención porque lo busca la cana, lo hiperexplota. Con la mujer del jefe, que viendo que el mono está recaliente con ella, lo provoca, lo maltrata y lo desprecia. Con una ciudad en que no le dan bola ni las putas. Y con ese brillito creciente en los ojos, que habla de aislamiento, exclusión, soledad, amoralidad absoluta, y de odio creciente, deseos de venganza, ganas de dinamitar todo y gozar. Pero: ¿Qué es el goce para este hombre?

Así las cosas hasta que se agarra una enfermedad terrible y muy contagiosa: el Síndrome de Ebola. Y se da cuenta de que él mismo se convirtió en un arma que puede volar el mundo en pedazos. O mejor que eso: dejarlo sin humanos.

Aquí la dupla Yau-Wong tira la casa por la ventana, no se priva de nada. Sexo, violencia, sangre, pus, semen, vómitos, no hay sustancia fisiológica que se nos escamotee. Todo es mucho más extremo. Lo sórdido es ya de una marronez insoportable. La locura de Wong (una vuelta de tuerca al personaje de The untold story, así como la historia también parece retomar aquello y excederlo más aún) fuerza cada vez más ese límite del naturalismo, ese verosímil tan difícil de mantener en situaciones de tanta locura. Es que ¿cómo hacés creíble escenas tan sacadas? Además de que hay que ser groso, necesitas acompañar con un concepto de puesta de cámara, de fotografía, con una dirección de arte y con una banda de sonido que no se pisen. Y acá se puede ver todo esto. Un montaje tan sórdido como ese degenerado enfermo mental (y físico). Y no me pregunten qué es un montaje degenerado: no lo se con certeza, y quizás no exista, pero es que los cortes también remiten a la sordidez: un montaje básicamente clásico, pero que por dentro mete unos pegoteos sucios, cortes de cámara en mano a planos casi iguales, aquello que suele no hacerse, y sin el glamour del clip que todo lo embellece. No, como si el montajista también estuviera infectado del virus de Ebola, y tuviera la misma expresión que Wong al ir pegando una toma con otra.

Acá el humor es menos bobo, más malintencionado y certero. Más fino en su gruesez (que remite más a grueso que a grosero). La risa se desprende del exceso, entonces es risa enrarecida (ya verán los que no la vieron la escena del churrasco, la escena de la laguna, después de comprarle cerdo a los indios, la toma anodina de las ruedas de un coche que se acerca y estacione, pero que remata con la firma del sapo...) es risa con expresión enloquecida, o desencajada más bien.

Se cruzan, cómo no, distintos géneros, y así tenemos un crescendo de peli de terror con toques de comedia negra-asquerosa, que luego se convierte en policial negro a la llegada de Wong a Hong Kong. Y recordando otras pelis, como venimos haciendo desde que empezó la nota, podría imaginarla cerca de Henry retrato de un asesino, pero es que Henry al lado de este personaje tiene la malignidad de una Floricienta dopada. Y todo esto sin mencionar ese final enfermísimo y desencajante. Qué se yo. Cortemos abruptamente así no se nos escapa contar nada de más.

C A T E G O R Í A · I I I · C O N · A N T H O N Y · W O N G

Películas excedidas, de la impotencia que explota, la impotencia ante el no saber cómo hacer para participar de todo eso que parece que está pero no para nosotros, o sí: para dejarnos afuera, para cagarnos. Y lo impresionante de ver todo esto en la composición de Wong. Y decimos ahí en particular, porque en las películas hay hallazgos y pifies, o por lo menos zonas extrañas, de distracción. Pero en Wong no, todo es concentración, todo funciona todo el tiempo, convirtiéndose su trabajo en la columna vertebral de unas historias llenas de curvas y cambios de eje, cambios de género, de código de actuación, y a veces hasta de trama. Volvemos a citar a Jacquemort: "Se puede pensar que Anthony Wong tiene una tendencia a la sobreactuación tremenda en estas películas, pero es que en esa locura de alto voltaje sabe encontrar una medida. Creo que es el actor de la justeza, tanto cuando tiene que estar comedido como cuando tiene que jugar en el extremo más extremo".

[3/3]