Tanto
El Laberinto del Fauno, de Guillermo del Toro, como La
Hora Fría, de Elio Quiroga, centran su discurso en los
mecanismos que tiene la infancia para evadirse de una realidad que
le es hostil. Una emplaza la acción en los años posteriores
a la Guerra Civil Española, en una nueva actualización
de Alicia en el País de las Maravillas; y la otra
nos cuenta la historia de un niño que ha crecido en un mundo
post-apocalíptico soñando con un mar que no conoce,
y que anhela por encima de todo. Decíamos que existían
por tanto, dos puntos en común. En realidad, y al menos en
lo que atañe a estos dos títulos debemos añadir
uno nuevo: el fracaso último a la hora de concretar sus aspiraciones.
En el caso de Guillermo del Toro, la utilización de la visión
de un niño como medio conductor de la historia no es desde
luego una novedad, pues se había servido ya del mismo esquema
en dos ocasiones anteriores. Los referentes inmediatos hay que buscarlos
en El Espinazo del Diablo y en menor medida, en Cronos.
Ambas comparten con su último trabajo la estructura de cuento
a medio camino entre lo imaginario y lo macabro, en torno a las formas
del mal vistas a través de los ojos de un inocente. Sin embargo,
se ha operado un cambio notable con respecto a aquella, ya que en
esta ocasión Del Toro ha preferido darle más importancia
al contexto histórico adecuando el tema del mal a la esencia
del fascismo. Y es aquí donde de nuevo comete un error. El
Espinazo del Diablo dejaba de lado el trasfondo (la guerra se
convertía en una mera excusa) para contar una historia de fantasmas
demasiado simple. Ahora comete el defecto contrario, donde antes había
escasez, ahora hay saturación. Pero es en el tratamiento visual,
la dirección y sobre todo en la concepción de la psicología
de los personajes donde vemos el mayor problema. Y es que su obstinación
por crear personajes unidimensionales llevados al extremo, simplificando
así el relato, obviando cualquier ambigüedad al dividir
toda opción moral en dos bandos bien diferenciados, uno blanco
y otro negro que sirvan de representantes de la inocencia y la crueldad,
al verse enmarcados en un contexto histórico, resultan excesivamente
grotescos. A ello se suma que Del Toro permanezca demasiado fiel a
un estilo que ha ido forjando durante años y que deja poco
espacio al espectador, debido especialmente en la utilización
de secuencias encadenadas donde la realidad y la fantasía terminan
por ser difícilmente diferenciables, y al uso constante de
la música, lo que obvia cualquier intervención por parte
del espectador.
En
ese sentido Cronos nos parece un film mucho más logrado,
donde el tránsito entre lo real y lo fantástico no dejaba
al descubierto el andamiaje. Por supuesto Del Toro sigue fiel a sus
obsesiones: esa unión casi enfermiza entre la mecánica
y el cuerpo, la cirugía, el tiempo y la muerte. Pero continúa
jugando casi todas sus bazas a una inventiva visual apabullante. No
ponemos en duda que este sea un paso más en su maduración
como director, como el mismo ha reconocido. Es más, intuimos
que aún le queda camino por recorrer, aunque el calificativo
de eterna promesa ya empieza a rondarnos por la cabeza. Ante las expectativas
creadas tras su excelente acogida en Cannes, la sensación final
es de frustración.
En comparación,
La Hora Fría es un film con numerosos defectos y aciertos
limitados. La cinta de Elio Quiroga, pasa por ser una mezcla de terror
y ciencia-ficción que termina por reunir todos los tópicos
habidos en estos géneros y que debe mucho a los relatos de
Matheson y a las películas de zombis surgidos por la acción
de un virus creado por el hombre. En un cine como el español,
que por desgracia depende en exceso del guión, que este sea
previsible y además contenga defectos en los diálogos
ya es preocupante. Y lo que es peor, el director no se contenta con
realizar una cinta de género al uso e intenta abarcar demasiado
introduciendo una burda reflexión política sobre el
rumbo que sigue el mundo en la actualidad. Es precisamente esa constante
reiteración en la concienciación moral lo que más
molesta. Tampoco la atmósfera está plenamente conseguida,
en ningún momento existe la sensación de peligro.
También
Ils guarda alguna que otra semejanza con el film de Guillermo
del Toro, dado que en ambos largometrajes el elemento fantástico
termina desmoronándose ante la malévola existencia de
lo real. La ópera prima de David Morau y Xavier Palaud se vertebra
alrededor de las convenciones más o menos tópicas del
survival, un subgénero del terror que, retomando la
brutalidad y la ruda fisicidad de los años '70, parece experimentar
una segunda juventud. Ils, por tanto, no es más que
la desasosegante crónica del hostigamiento que sufre una joven
pareja francesa residente en un caserón aislado de Rumanía
a cargo de un enemigo invisible. Pero a diferencia de "clásicos"
modernos como Alta tensión, los directores de Ils
no sobrecargan el encuadre buscando la creación de una atmósfera
mefítica, sino que se decantan por un look más cercano
al hiperrealismo. En este sentido es una nieta directa de La matanza
de Texas, a juzgar por el uso constante de la cámara en
mano, con sus bruscos movimientos como herramienta para provocar inquietud.
El formato de vídeo en alta definición, así como
el notable grano de la imagen confieren al largometraje una textura
de pesadilla real y posible, a pesar de que el acoso continuado y
omnipresente del supuesto psicópata adquiere un tono eminentemente
fantastique, gracias al empleo de las sombras, de sus súbitos
y fantasmagóricos movimientos, y en particular de la brillante
utilización del sonido en off. Sin embargo, como hemos
apuntado en el comienzo, lo real acaba engullendo a lo fantástico,
e Ils, con todos sus defectos, puede verse como el reverso tenebroso
de El laberinto del fauno, es decir, como una sombría
negación de la inocencia infantil, lo cual unido a su carácter
de historia basada en hechos reales, acrecenta todavía más
su macabro poder de perturbación.
Hay
que reconocer que solo una cinematografía como la surcoreana
puede parir una película tan descacharrante como Duelist,
una suerte de desvergonzado -y en muchas ocasiones, también
de vergüenza- swordsplay que mezcla sin pudor toda clase
de géneros, en la más pura tradición de la hibridación
temática que ha regido al mainstream surcoreano en
los últimos diez años. Artes marciales, comedia gamberra,
historia de amor, (leve) intriga sociopolítica, ingredientes
mezclados en una estilizada batidora que termina engendrando un indigesto
cóctel, un extravagante largometraje de interminable metraje.
Pero lo peor de Duelist no es su tendencia a la saturación
visual y sonora, ni siquiera su gratuitad estética -un ejercicio
de estilo tan pomposo como estéril- , sino el saber que detrás
de este deslavazado artefacto fílmico se encuentra un cineasta
con talento e inventiva visual, Lee Myung-Se, que años atrás
debutaba con la muy interesante Nowhere to hide, un arriesgado
thriller cuya novedad radicaba en ralentizar las escenas
de acción y acelerar los momentos cotidianos. En Duelist
se advierten ecos visuales de Nowhere to hide, a modo
de pequeña rúbrica dentro de ese gran entramado comercial
al que pertenece el film: algunas secuencias de lucha como el duelo
en un oscuro callejón; o ciertos efectos estéticos.
Detalles, pequeñas pinceladas incapaces de levantar un barco
que se hunde por su falta de consistencia, por una lacra de discurso
que, como también es habitual en algunos films de la península,
culmina con un abrupto giro al melodrama más lacrimógeno.
Por último,
y dentro de la Sección Oficial Mèliés se programó
Broken, una producción británica que al igual
que Ils, se adhiere al género del survival horror.
Desgraciadamente, Broken no deja de ser un olvidable largometraje
de serie B, rodado en un insulso formato digital, mal planificado
y peor actuado; un exploit que recuerda a la saga Saw -en
el pretendido carácter moral de las acciones del sociópata-,
y que se pierde en un banal regocijo de la violencia explícita
y la truculencia visual.