Sin
ánimo de parecer oportunista, últimamente se cuentan
con los dedos de una mano las buenas películas procedentes
de Corea, una cinematografía que tras "explotar"
mundialmente a mediados de los '90, parece pagar el esfuerzo de tal
revolución a través de cierta repetición y sobreexplotación
de sus rasgos más inequívocos. De hecho, han sido pocos
los cineastas que han sobrevivido a la primera criba de autores, donde
jóvenes promesas que brillaron con sus obras de debut han tenido
que reciclarse bajo productos más convencionales o simplemente
desaparecer. Afortunadamente este no es el caso de Bong Joon-ho, brillante
realizador que encara su tercer largo tras triunfar con la multipremiada
Memories of Murder. El surcoreano pasa por ser uno de esos
directores modernos que se enfrentan al género mediante su
desarticulación, diseccionando sus mecanismos y exponiéndolos
abiertamente, jugando con ellos e imbricándolos pero sin que
estos pierdan nunca su esencia y/o su fuerza intrínseca. The
Host, donde seguimos las peripecias de una familia de clase media-baja
en el combate contra un monstruo mutado por residuos tóxicos
que ha surgido del río colindante, es un paso más en
este afán por saltarse reglas y pervertir normas, una notable
derivación moderna del kaiju-eiga que también
funciona como drama familiar, comedia negra, film de aventuras, y
sátira política, pero cuya intertextualización
genérica no se basa en una implosión llevada al absurdo
–como es el caso de Duelist- sino mediante la colisión
pacífica de las formas y las convenciones –crf. véase
la grandiosa secuencia del funeral de la hija pequeña de la
familia, donde drama y comedia se entrelazan de forma natural transmitiendo
una sensación extraña al espectador, que es conmovido
al mismo tiempo que esboza una burlona sonrisa-, siguiéndolas
pero al mismo tiempo cuestionándolas o directamente volatilizándolas.
De ahí que Bong Joon-ho se dedique paso a paso a desmontar
tópicos, mostrando al monstruo casi desde el comienzo en una
secuencia totalmente anticlimática, revelando su génesis
en un escueto prólogo no exento de rabiosa ironía –los
vertidos tóxicos son realizados desde una base norteamericana
en Corea (!!!)-, y en definitiva, y como los grandes cineastas, dando
clases de cómo el género base no es más que una
excusa para contar otra historia, como el monstruo es un elemento
extraño pero necesario para narrar la disolución de
toda una familia.
Por ello, resulta
tremendamente insultante que muchos tachen a The Host de
un mero divertimento, de film sin pretensiones dado su lúdico
punto de partida que solo pretende hacer pasar un buen rato –que
también-, e ignoren la profunda carga sociopolítica
y moral de la película. Y es que al igual que Memories
of Murder o Barking Dogs Never Bite, The Host
es una historia sobre personas que se enfrentan a un elemento que
no pueden controlar y que terminan superándolos, a acontecimientos
que ponen a prueba su modo de vida, sus creencias y su fe, y que acaba
por desmoronarlos. Pero también una dolorosa crónica
sobre la destrucción de la familia –esta ya disfuncional-,
sobre la imposible integridad de un núcleo humano que debe
mutar ante el advenimiento de los nuevos tiempos, al mismo tiempo
que una alegoría anclada en el presente de la paranoia colectiva
hacia la guerra bacteriológica, en el mundo de la hipocresía
mediática y dominación gubernamental, y en el temor
hacia el Otro en el marco de una Corea multicultural.
Por último,
no nos olvidamos de destacar la virtuosa puesta en escena de Bong
Joon-ho –la fuerza y magnetismo de las (escasas) set-pieces
con el monstruo como protagonista, o los múltiples detalles
estéticos-, los trabajados efectos especiales de la criatura
que a pesar de su naturaleza digital es posible apreciar su fisicidad,
y la extraordinaria labor interpretativa de todo el equipo actoral
y en particular de Song Kang-ho, magnífico una vez más.
Y sí, The Host no es un film perfecto, lastrado por
algunos baches narrativos, pero es una muestra de buen cine, y sobre
todo, de un material difícil llevado a buen puerto, algo más
complicado de lo que parece a simple vista.
La
Sección Oficial nos legó a continuación otras
dos buenas películas alejadas de la espectacularidad del largometraje
surcoreano pero no menos estimulantes. Tzameti (13), dirigida
por el georgiano afincado en Francia Gela Babluani, es un film social
barnizado por las texturas del thriller psicológico. Un joven
emigrante que trabaja en la casa de una pareja de burgueses decadentes
roba un sobre que contiene un billete de tren y una reserva de hotel,
adentrándose en un mundo turbio de ambientes enrarecidos y
personajes enigmáticos. Tzameti parte de una buena
idea que se desarrolla durante su contundente parte central, pero
que perjudica a su comienzo –que por exceso de intriga se vuelve
exasperante- y a su final –por previsible e innecesario-, pero
es un trabajo realizado con brío y eficacia, donde el director
desvela la podredumbre moral de los nuevos ricos, la pérdida
de toda clase de valores éticos, y la actual mercantilización
de la violencia. Babluani potencia ese paisaje humano cruel mediante
su preferencia por un sucio blanco y negro, parecido al utilizado
por Mathieu Kassovitz en El Odio, y que dota a su película
de un adecuado tono de sordidez. Tzameti podría ser
catalogada entonces como la versión realista de Hostel.
En A Scanner
Darkly, Richard Linklater vuelve a demostrar sus cualidades como
director todo-terreno capaz de tomar cualquier género cinematográfico
para dinamitarlo y volver a construirlo, tras someterlo a un proceso
de limpieza y puesta al día. Ya en Dazed and Confused
manifestaba un interés por adaptar las constantes de géneros
o subgéneros agotados, y en general, bastante denostados, a
ritmos y formas en perfecta consonancia con el cine actual. En los
últimos años es tal vez el director que más se
ha implicado en este sentido, elaborando films efigie que integran
un discurso tremendamente coherente. En esta ocasión el género
escogido ha sido la ciencia-ficción, adaptando un alucinado
relato de Philip K. Dick, sobre un detective que en su lucha contra
el narcotráfico se ve arrastrado a la adicción de una
nueva droga llamada "Sustancia D", que provoca desdoblamiento
de personalidad en aquellos que han sido expuestos a sus efectos durante
largos periodos de tiempo. Tema recurrente en la obra del escritor,
consumidor confeso de este tipo de sustancias, la incertidumbre ante
quién es realmente uno y cuáles son los mecanismos que
modifican la psique humana, vertebran las numerosas adaptaciones de
su obra.
Lo
que tampoco es totalmente ajeno a las inquietudes que ocupan el discurso
de Linklater, cuyos personajes habitualmente en lucha consigo mismos,
sufren un proceso de conocimiento interior que los lleva a transformar
sus conductas. Experimentan un despertar. En ese sentido, tiene muchos
puntos en común con la existencialista Waking Life,
ya no exclusivamente en su impactante aspecto visual debido a la utilización
de la técnica del rotoscopiado, ensayada ya en esta última
con excelentes resultados. Aquí esta técnica de animación
le concede una mayor libertad componer secuencias que esta obra de
ciencia-ficción requiere, como los trajes que modifican la
apariencia o las alucinaciones provocadas por las drogas. Tampoco
se aleja en esta ocasión de otro de los elementos fundamentales
de su cine, los diálogos. En el cine de Linklater, la palabra
(y su ausencia), define y ahonda en el personaje, y en A Scanner
Darkly, la verborrea intrascendente no es siempre sinónimo
de locura.
Otro trabajo bastante
esquivo y bizarro es Taxidermia, el primer largometraje que
ha provocado las deserciones más importantes del Festival.
Dirigida por el húngaro György Pálfi, se trata
de una atípica película-río que, en el marco
histórico de Hungría, narra las extrañas costumbres
de tres generaciones de una misma familia, dominados por sus pulsiones
más viscerales. Desde las aberrantes parafilias de un soldado
perdido en un enclave rural, la desagradable pasión por la
comida de un matrimonio obeso durante los años '60, o la enfermiza
pasión de un joven timorato por la taxidermia, Taxidermia
es un vasto catálogo de las perversiones de la carne, pero
no mostradas de forma gratuita –si bien hay ocasiones donde
se aprecia su intento de provocar- sino como vehículo escapista
ante la represión, ya sea autoimpuesta, de carácter
social o familiar. A destacar su segmento intermedio, una ácida
sátira de la Hungría comunista, y su notable imaginería
visual.
Interkosmos
es el nombre que recibió un ambicioso programa soviético
destinado a reunir varios países no aliados en un proyecto
común que derrotase a Estados Unidos en la carrera espacial.
A partir de una misión para colonizar algunas lunas de Júpiter
y Saturno, Jim Finn construye un falso documental sobre la preparación
del viaje y el entusiasmo que despertó entre los responsables
del proyecto. Ante el escaso material del que dispone, tan solo imágenes
de la campaña de publicidad que se organizó y unas grabaciones
sonoras de comunicaciones entre la tierra y el espacio, y que en ningún
momento demuestran ser reales, el director opta por la recreación
en forma de musical, con absurdas coreografías en los entrenamientos
de las astronautas. Ya desde los créditos iniciales nos damos
cuenta de que lo que vamos a ver es fundamentalmente una burla de
un video de propaganda. Las reconstrucciones con miniaturas, spots
publicitarios de la época y la música final, compuesta
para la salida del proyecto Interkosmos, lo confirman.
Procedente
del videoarte, Finn le otorga mucha importancia a la banda de sonido,
y confía en exceso en el aguante del espectador ante las arduas
y excesivamente alargadas secuencias confeccionadas por imágenes
abstractas que fluyen lentamente con las intercomunicaciones de los
familiares y amigos con la tripulación. Se nota que en su concepción,
iba a ser un cortometraje.
Mucho más
interesante resulta First On The Moon, de Alexei Fedortchenko,
otro falso documental que reconstruye, a la manera de Ivan Istochnikov,
un supuesto viaje a la luna en los años treinta, mucho antes
de que lo lograsen los americanos. Sin embargo, Fedortchenko no describe
en ningún momento el viaje en cuestión, sino el antes
y el después: el camino que fue necesario recorrer hasta la
gestación del mismo, desde la invención del cohete hasta
la selección y preparación física y mental de
la tripulación; y posteriormente, las complicaciones que surgieron
tras el enigmático regreso de uno de ellos. Para ello utiliza
escaso material de archivo, tan sólo unas imágenes grabadas
en Chile sobre un extraño objeto que cayó del cielo
y que ya anticipan el difícil retorno del cosmonauta, junto
breves secuencias de la época, como desfiles, los primeros
ensayos con los cohetes o la relación de los soviéticos
con los alemanes. La mayoría de las imágenes son reconstrucciones
ficticias rodadas en blanco y negro, sin sonido e incluso con menor
número de fotogramas por segundo, para darle el aspecto que
tendría el cine en aquella época, además de algunas
supuestas entrevistas, ya en color, que el director realiza a algunos
de los supervivientes de aquellos hechos, lo que lo convierten casi
por entero en un film puramente de ficción.