Volviendo a la clausura,
la sensación general fue de decepción. Mucho esperábamos
de The Illusionist, o al menos bastante más de lo
que finalmente ofreció. El film de Neil Burger, al igual que
otras muchas películas proyectadas en esta edición,
transita durante la mayor parte de su metraje por los entresijos del
fantastique, es decir y parafraseando a Gerard Lenne, en
un mundo donde se confunde la Realidad y la Imaginación, para
luego darse de bruces con la más mecánica y positivista
de las realidades. Contextualizada en la Viena de finales del siglo
XIX, es la historia de un prestidigitador de nombre Eisenheim cuyo
espectáculo de magia ha levantado ampollas en diversos sectores
sociales por su cuestionamiento de las leyes racionales. Y poco más.
The Illusionist es un correctísimo –diríamos
incluso ramplón- largometraje, cuyos mayores logros descansan
en un bello trabajo de fotografía –ese aspecto monocromático,
el uso de filtros que lo dotan de un look cercano al cine
primitivo-, y en un muy logrado diseño de producción
en su reconstrucción de la Viena post-industrial. Su narración
se articula en torno al enigma y al engaño, y al final todo
se resume en un truco de magia –con pirueta final incluida-
tan bonito y sorprendente como artificioso y vacuo. The Illusionist
podría considerarse entonces como un film muy moderno, de esos
que priorizan la forma sobre el contenido, y cuyo sugerente envoltorio
no esconde más que la más absoluta inanidad.
Iniciábamos
estas crónicas hablando, a propósito de El Laberinto
Del Fauno, de cómo durante la infancia, la imaginación
puede convertirse en un arma de defensa, de evasión incluso,
frente a la crueldad del mundo. Una de las películas de la
jornada anterior, Princess, dejaba al descubierto la indefensión
a la que están expuestos los niños, y cómo la
inocencia podía corromperse por los actos más viles
de los adultos. La infancia parece ser uno de los grandes temas de
esta edición del Festival de Sitges. Tideland se encontraría
a medio camino entre ambas. El cuento que ha creado Terry Gilliam
es más perverso, si cabe, que el de Del Toro. Llega a ser enfermizo
en algunos momentos. Parece como si Gilliam hubiese necesitado filmar
Tideland para reafirmarse tras sus dos últimos fracasos:
su versión libre del Quijote y Los Hermanos Grimm. Esta es
seguramente su obra más personal, en la que queda más
claro cómo funciona su mente y cómo es el universo en
el que habita. También es la más oscura y pesimista
de todas. Gilliam parte igualmente de Alicia en el País
de las Maravillas, pero con una diferencia fundamental, que ya
no existe frontera entre los dos mundos. La imaginación de
la protagonista, extraordinaria Jodelle Ferland, hace tiempo que acapara
todo, tan presente como lo está su continua letanía.
En una escena de la película, una de sus cabezas de muñeca,
aquella con la que se siente más identificada, cae por una
madriguera de conejo. Ella por supuesto no entra a buscarlo, no es
necesario, pues la cabeza sigue presente a través de las demás.
No hay separación. Sólo percibe una realidad en la que
los campos de trigo son mares o las ardillas hablan. Ese mundo choca
frontalmente con la realidad que ve el espectador, tan extravagante
como macabra. La ambigüedad surge entonces de la oposición
de esas dos visiones. Con una niña para quien las figuras paternas
ya no existían mucho antes de su muerte, que no comprende la
maldad de los adultos, un inocente juego puede convertirse en una
aberrante iniciación sexual. Gilliam elude cualquier contención,
todo nos es mostrado de forma transparente, pero a través de
un cristal deformado: el de la cámara del director, con su
repertorio de ángulos oblicuos y contrapicados. No es de extrañar
que, ante tal crudeza, provocase deserciones en masa en San Sebastián
y fuese abucheada al recibir el premio Fipresci.
Resulta
algo difícil para el espectador entrar en un universo tan cerrado.
Gilliam no nos sumerge en el mundo de fantasía y sordidez,
sino que nos obliga a observarlo desde fuera y a juzgarlo. Nos deja
poca libertad de acción y constantemente nos reta a entrar
en sintonía con su visión del mundo. Realidad o imaginación,
que cada cual decida.
Aún con los
acordes en mente de Pas Sur La Bouche, nos llega otro film
ceñido a las formas del musical, esta vez procedente de una
cinematografía poco propensa a ellos. Perhaps Love,
está dirigida por Peter Ho-sun Chan, uno de los directores
y productores más importantes de Hong Kong, co-fundador de
la productora UFO, con la que realizó títulos de la
talla de He's A Woman, She's A Man o Comrades: Almost
A Love Story. Así pues, Chan ha sido testigo y protagonista
activo de la crisis que se originó en industria hongkonesa
en los años noventa. Y algo de eso ha quedado reflejado en
este film sobre el cine dentro del cine, donde descubre los entresijos
de la industria. Hay cierto aire de decadencia, de cierto esplendor
perdido, en las imágenes que componen esta historia sobre un
triángulo amoroso que se desarrolla en paralelo al rodaje de
un musical. El drama romántico ha sido su género predilecto,
aunque siempre ha revestido a sus películas de ese sabor amargo
característico de los films que se erigieron en estandarte
de su productora. Pero esta propuesta de Chan es tal vez más
ambiciosa. Se diría que Perhaps Love es un falso musical,
pues no termina de inscribirse totalmente en el género. Aquí
los números musicales no corresponden con el presente que viven
los protagonistas ni las canciones expresan directamente sus sentimientos,
sino que lo hacen dentro del marco de la película que están
rodando. Es la otra historia la que le da cierta coherencia a las
salidas musicales. Sin ella, toda la estructura flaquearía.
De esta forma lo envuelve todo de cierto realismo. Tampoco es un film
sobre el amor. Ese "quizás" del título pesa
más de lo que parece. Es más bien una crónica
sobre el desamor y sobre el olvido. De ahí que el personaje
interpretado por el coreano Ji Jin-hee sea fundamental. Como él
mismo afirma al principio, su cometido es guardar el metraje sobrante
por sí alguna vez es requerido. Pero en Perhaps Love,
la vida de los personajes queda proyectada sobre la película
que están rodando, y de esta forma se convierte en garante
de los sentimientos y los recuerdos. Incluso los ayuda a tomar decisiones,
como se comprueba en la única secuencia que es reescrita, la
única verdaderamente propia de un musical. Él es, de
alguna forma, el nexo entre los dos mundos, Chan no rechaza de plano
el elemento mágico del musical. El film dentro del film se
convierte entonces en un medio de expiación para los tres protagonistas,
que les ayuda a terminar con su pasado y encarar el futuro. Sin embargo,
la sensación final una vez terminada la película es
que todo el tema del musical es una excusa para lucir las coreografías
de Farah Khan y los coloridos y anacrónicos decorados de los
estudios de Shanghai. En Hong Kong, el melodrama suele inclinarse
hacia el exceso. Por suerte Peter Chan, rueda con la frialdad necesaria
para no caer en lo grotesco.
Mucho
más estimulante nos ha parecido Fido, una ácida
comedia en clave zombie que parodia la alineación y el conservadurismo
de la vida de los suburbs norteamericanos. Con un aspecto visual similar
al de películas como Eduardo Manostijeras o Pleasantville,
nos sitúa en un futuro de ambientes retro –los felices
'50- donde los zombies han sido domesticados gracias a un collar que
inhabilita sus ansias necrófagas. El segundo largometraje de
Andrew Currie asocia la estética recargada y el cromatismo
suntuoso de los melodramas de Douglas Sirk con su línea argumental,
no en vano nos encontramos ante la relectura zombificada de Solo
el cielo lo sabe, donde un ama de casa reprimida y constreñida
por las normas sociales se libera de ese encorsetamiento gracias a
su relación con su criado/zombie. Pero Fido va más
allá de un homenaje kitsch, ya que su discurso no
solo apela al pasado sino también al presente; de ahí
que pueda verse como una irónica crítica a aspectos
como la progresiva militarización de la sociedad, el uso de
la guerra preventiva, la segregación racial, los prejuicios
sociales hacia el otro, etc.…De hecho, quizás en su multiplicidad
de lecturas pueda radicar su debilidad: la ligereza de los temas así
como la poca profundización en algunos de ellos limitan la
carga subversiva del film, lo cual también podría explicarse
por su adscripción a la comedia, o incluso a sus intenciones
comerciales. Lo que sí es de agradecer es que, a diferencia
de la mayoría de films "indies" supuestamente insurgentes
pero que terminan acatando una actitud neoconservadora, Fido es transgresora
hasta el final, donde cuestiona de manera corrosiva y nunca exenta
de humor negro la continuidad del modelo familiar arquetípico.
Pocos eran los largometrajes
que se nos habían escapado de la Sección Oficial –entre
ellos el ganador a la Mejor Película, Réquiem-
así que preferimos acudir al pase de Sisters aún
a riesgo de sufrir empacho cinéfilo en esta hiperactiva jornada.
Y lo cierto es que el desencanto fue doble: por un lado, tras evidenciar
el paso en falso de un prometedor realizador como Douglas Buck que
ya nos acongojó con Family Portraits: A Trilogy of America;
y por otro, el comprobar como sus declaraciones durante la presentación
del film caían en saco roto, porque en contraste con The
Wicker Man, Sisters es un insulso remake del título
original, un facsímil pueril e innecesario que no aporta absolutamente
nada al trabajo de Brian de Palma. Fuertemente influenciado por el
cine de Alfred Hitchcock –en particular por obras como La
ventana indiscreta, Vertigo, o Psicosis-, la
película de De Palma bucea en la misteriosa relación
entre dos supuestas hermanas siamesas cuya separación deviene
en trauma para ambas. Un crimen perpetrado por una de ellas y observado
por una periodista situada en un edificio adyacente, dinamita la acción
en forma de thriller que explora los límites de la
psicopatía y la dependencia emocional. El remake de
Douglas Buck retoma este punto de partida y, reelaborando al personaje
de la periodista, plagia descaradamente el desarrollo del film primigenio
modificando el desenlace. No contento con ser un triste duplicado,
la puesta en escena de Buck se advierte anodina y carente de fuerza,
desabrida y sin ánimo de perturbar al espectador, aunque al
menos se agradezca el mantener el tono adulto y por momentos bastante
enfermizo del original.
La
gran sorpresa del día fue la cinta danesa, Adam's Apples,
dirigida por Anders Thomas Jensen, que puso el broche final a una
notable sección Seven Chances, donde se han podido ver algunas
de las mejores películas del festival. Y es de agradecer encontrarse
en estas últimas horas del certamen con una película
tan divertida como esta, que logra levantar el ánimo y enmascarar
el cansancio mediante la carcajada, sin resultar en ningún
momento un producto vacío. Jensen, prolífico guionista
y director, figura medular del Dogma, convertido ya en referente del
nuevo cine danés, cierra con esta película su trilogía
de los inadaptados, tras Flickering Lights y The Green
Butchers, planteando un conflicto en forma de parábola
de resonancias bíblicas. Adam's Apples se cimienta
en torno a dos personajes: un neonazi recién salido del presidio
que se ve obligado a realizar trabajos para la comunidad en una iglesia,
y un peculiar sacerdote, cuya mente rechaza cualquier fatalidad a
la que se ve sometido. El bien y el mal encarnados. En medio de ellos
dos, un manzano reconvertido en el árbol prohibido y sometido
a tormentos divinos, y una caterva de personajes, a cada cual más
estrambótico, que basculan entre las dos posiciones por sus
actitudes ambiguas. El Libro de Job se torna inspiración, y
la fe en último recurso al que aferrarse. Y no desvelaremos
más de la trama porque aquí la sorpresa es una virtud
y lo inesperado se convierte en vocación y deja sin apoyos
al espectador, que contempla atónito un mundo desquiciado,
en el que se ponen en entredicho la fe ciega y nuestra capacidad de
sacrificio. Adam's Apples es una comedia negra que confía
sus resortes humorísticos a un guión excesivo en el
que en la genialidad de los diálogos, se dan la mano lo cruel
y lo hilarante. Pero en ella también destaca la brillante concepción
del gag visual, y donde un simple gesto, inmejorable Ulrich Thomsen,
define mejor, en su contención, la naturaleza un personaje
que varias líneas de guión. Un film a descubrir.
Nuestra
cobertura de esta edición del Festival de Sitges se cerró
con un film memorable, una obra maestra que sitúa definitivamente
a su director, Satoshi Kon, en el Olimpo de los creadores. Con Paprika,
Satoshi Kon culmina casi una década de obsesiones personales
que han integrado un corpus conceptual preocupado por aquello
que se esconde tras la realidad, por los mecanismos del subconsciente,
y por la indagación en la memoria colectiva. Así pues,
su último largometraje bebe tanto de su guión para una
de las historias de Memories, Magnetic Rose, –la
interconexión entre los estados del sueño y la vigilia-,
de Perfect Blue –la escisión de la personalidad
en un entorno alienante, así como la existencia de realidades
paralelas-, de Millenium Actress –la mitificación
del mundo del cine y la influencia de la memoria colectiva- y de su
serie Paranoia Agent –la represión del ser humano
contemporáneo en una sociedad hipertecnificada-. Por lo tanto
Paprika, influenciada por las teorías jungianas
del inconsciente colectivo y por el psicoanálisis freudiano,
supone una absorción y posterior regurgitación de las
bases temáticas del cine de Kon, pero doblemente potenciadas.
Siguiendo una estructura parecida al cine negro donde varias tramas
se desarrollan de forma paralela para terminar imbricándose,
el argumento remite a un futuro evidentemente actual, donde una gran
compañía desarrolla un aparato que permite introducirse
en los sueños de los pacientes para acceder a sus capas más
profundas y sanar heridas psíquicas o traumas pretéritos.
Pero el robo de una de las máquinas así como el enloquecimiento
de algunos de los trabajadores de la corporación da inicio
a un desarrollo alambicado que destaca por su afluencia de géneros,
desde la ciencia-ficción, el kaiju-eiga, la fantasía
high-tech, el thriller, o las intrigas empresariales.
A pesar de su apabullante poderío visual y su imaginativa puesta
en escena, Paprika es un film de discurso –rico, denso,
en ocasiones desbordante-, donde Satoshi Kon dibuja un presente solitario
y ensimismado, donde la tecnología no solo ha conseguido alienarnos
y controlar nuestra vigilia, sino también ha comenzado a manejar
nuestros sueños, esa parcela íntima de nuestra existencia.
En Paprika, Satoshi Kon lanza desde el interior de una sociedad
eminentemente colectiva, un grito por la individualidad, y logra plasmar
la posmodernidad en un gesto, en ese gran carnaval que recorre los
sueños de los protagonistas: una muestra más de la ausencia
de referentes, de la banalización del símbolo, de la
desmitificación de toda creencia.