A pesar de toda
la bilis que se segregado sobre ella, la nueva versión de The
Wicker Man está lejos de ser un film despreciable. Cierto
que no estamos hablando de una maravilla, que se sitúa muy
por debajo del original de Robin Hardy, pero al menos se percibe una
intención, un deseo de explorar nuevos temas y confrontaciones,
algo excepcional en un remake para los tiempos que corren. Estas pretensiones
se deben en su mayor medida al realizador de esta puesta al día
de la novela de David Pinner, el norteamericano Neil LaBute, cuya
carrera se ha desarrollado de forma paralela al movimiento "indie".
Un director habitualmente preocupado por los conflictos entre ambos
sexos, algo que vuelve a hacerse patente en esta película pero
recubierto por el barniz genérico. The Wicker Man
cuenta la llegada de un policía con pasado traumático
a una misteriosa isla regida por mujeres, así como la investigación
de éste para encontrar a una supuesta niña desaparecida.
Si en el original de 1973, Hardy mostraba la confrontación
entre el catolicismo rancio y castrador de su protagonista frente
al naturismo y desinhibición sexual de una religión
pagana para terminar articulando un letal discurso en contra de cualquier
tipo de culto, LaBute contrapone la virilidad y misoginia del macho
occidental frente al oscuro sectarismo de una sociedad matriarcal,
edificando una insólita fábula sobre la lucha de sexos.
Pero LaBute no posee el pulso necesario para insuflar un tono eminentemente
desquiciado a los devaneos del policía por la isla; su film
carece de la atmósfera alucinada del original, lo cual no es
nada malo, pero sí necesario para construir un microcosmos
en sí mismo, una parábola pesadillesca (y perversa)
acerca de los peligros del matriarcado, tan o más despiadado
que las sociedades patriarcales.
Así
pues, The Wicker Man termina siendo una película que
pretende llegar más lejos que lo que su puesta en escena nos
advierte, quizás porque a pesar de ciertos detalles espeluznantes
–ese viejo deforme y lleno de cicatrices que se encuentra postrado
en una cama de la mansión, la joven cuyo cuerpo está
cubierto por abejas-, su director tiende más al verismo costumbrista
que a los abisales delirios del fantastique.
La película
del día fue casi con seguridad Children Of Men, el
mejor trabajo hasta la fecha del irregular director mexicano Alfonso
Cuarón, que había recibido críticas dispares
tras su paso por San Sebastián. En la primera incursión
de Cuarón en la ciencia-ficción, adapta una novela de
P.D. James y viene a engrosar la larga lista de distopías que
han mostrado visiones poco agradables del futuro del hombre. En este
caso, lo futurible se conforma a partir de cambios políticos
y biológicos. Corre el año 2027 y el planeta se encuentra
convertido en un absoluto caos, la humanidad se ha vuelto estéril
y tan solo Gran Bretaña, donde se ha instalado un gobierno
totalitario, parece resistir en pie gracias a un férreo control
militar y policial que trata de mantener raya la inmigración
y el terrorismo, tanto de fanáticos religiosos como de grupos
revolucionarios. No es difícil establecer conexiones con nuestro
presente. La obviedad de algunos temas es tal vez el mayor defecto
que encontramos. Sin embargo, el film huye casi en todo momento de
cualquier tono discursivo. Es más, los hechos en los que se
inscribe la historia quedan relegados a un segundo plano, nunca toman
un protagonismo excesivo sobre el relato. El film se configura entonces
como una película en perpetua huida hacia de adelante, salvo
en contadas ocasiones, donde la historia se vuelve más intimista.
Y en esa huida esperanzada se nos descubre la realidad en la que están
inmersos los personajes. De ahí que los mejores momentos aparecen
cuando no explica nada, cuando el entorno apocalíptico surge
dentro del desarrollo de la acción. Pero si a la historia se
le pueden hacer algunos reproches, donde realmente brilla la película
de Cuarón es en su apartado técnico. Children Of
Men es un monumento al plano-secuencia. La utilización
de la cámara al hombro libera los planos de cualquier restricción
en la planificación y consigue un efecto de inmediatez sorprendente.
Las escenas de acción fluyen hacia las más contenidas
con gran naturalidad, y viceversa. De esta forma, la inmersión
en ese mundo devastado es total.
"Para
disfrutar del porno has de ser un cretino o abstraerte del hecho de
que estás mirando a gente real (…) La gente que está
en el mundo del porno suelen arruinar sus vidas de un modo miserable,
y lo único que pueden hacer para obtener respeto es desprenderse
de lo único que les queda: su sexualidad". Es normal
que tras estas declaraciones, el realizador Anders Morgenthaler haya
sufrido las iras de las mentes (supuestamente) progresistas y desprejuiciadas,
aquellas cuyas bocas se llenan de frases como "libertad de expresión"
pero que luego tachan a un film tan valiente como Princess
de fascistoide (¡!) cuando en realidad, su presunta carga moralista
y reaccionaria ha sido soliviantada por las afirmaciones de su director.
Proyectada tras el corto Araki-The Killing of a Japanese Photographer
–que adelanta formal y temáticamente lo que sobreviene-,
Princess viene a ser una reinterpretación extrema del Hardcore
de Paul Schrader, donde un ex-sacerdote se entrega a una furibunda
venganza contra el mundo de la pornografía para limpiar el
nombre de su hermana, una estrella del género muerta a una
temprana edad a causa de una sobredosis. Compendio de animación
–con texturas cercanas al anime- e imagen real –mediante
vídeos caseros que el protagonista grababa durante su adolescencia-,
Princess es el descenso a los infiernos de un hombre torturado
por una vida miserable, carcomido por una insaciable culpa obrada
por la imposibilidad de detener el proceso de autodestrucción
de su hermana a la vez que el castrado sentimiento de una atracción
incestuosa hacia ella. Imbuida en un fatalismo atroz –en todo
momento somos conscientes del terrible destino al que se enfrentan
sus personajes- y sumida en un restallante nihilismo, el film danés
rastrea en una infructuosa expiación a través del martirio
de la violencia, y, al igual que hizo Scorsese en Taxi Driver,
el progresivo embrutecimiento de su protagonista es análogo
a su incipiente desapego de la realidad –cfr. ese muñeco
que comienza a cobrar vida-.
Entramos
en la sesión de Offscreen algo expectantes por ver
qué extraño giro ha dado esta vez el danés Christopher
Boe, autor de las celebradas Reconstruction y Allegro,
ambas presentadas aquí el año pasado. El resultado es
tan interesante en sus planteamientos como insatisfactorio en última
instancia. Lo cierto es que no ha podido alejarse más de sus
anteriores películas, para terminar regresando finalmente a
las inquietudes que planteaba en ellas. Si estas se caracterizaban,
entre otras cosas, por un acabado formal muy cuidado, aquí
parte de las bases del Dogma, lo cual significa inmediatez, o al menos
apariencia de inmediatez. Siempre preocupado por la figura del creador
y de los procesos de confección del relato, Boe acostumbra
a delegar su posición como narrador/creador en uno de los personajes.
En este caso lo hace en la figura del actor Nicolas Bro, uno de los
miembros de la nueva hornada de actores y directores, la mayoría
procedentes del Dogma, que están revolviendo la escena cinematográfica
danesa. Él es el encargado de construir la película
a partir de sus vivencias, en un intento de mostrar una historia de
amor en la que todos los personajes son aparentemente reales, pues
se interpretan a sí mismos. En este caso, el juego es más
evidente, pues el propio Boe es quien le entrega la cámara.
Así, el protagonista, armado con una cámara digital
se dedica a captar todos los aspectos de su vida diaria y lo que realmente
termina filmando es el desenamoramiento de su esposa y el tránsito
hacia locura que vive a partir de ello. Lo más interesante
del film es sin duda el juego que establece entre lo que es real y
lo que es ficticio, y cómo se interrelacionan entre sí.
Lo que Nicolas Bro filma es, en teoría, la realidad, pero todas
las decisiones que toma sobre la película, en los cortes, en
los diálogos o incluso a la hora de rodar las escenas termina
condicionando su percepción de la realidad. Y es precisamente
esa constante manipulación lo que le lleva a obsesionarse por
controlar todo, más allá del experimento inicial. Se
diría que la ficción entra en su realidad. Estamos ante
un nuevo caso de cámara que vampiriza. De ahí que debamos
tomar el film como una reflexión sobre las bases del cine Dogma,
y como experimento resulta atractivo. El problema de Offscreen
es tanto de duración, la reiteración sobre lo mismo
llega a saturar, como de propósito. Al saber que todo es falso
desde un principio, el verismo no se intuye en ningún momento
y la postura del espectador deriva hacia la risa ante hechos graves.
Al final, todo queda en una simple broma. O tal vez era lo que pretendía.
Para
terminar el día, Seven Chances nos trajo la deliciosa Pas
Sur La Bouche, penúltimo trabajo del veterano realizador
francés Alain Resnais, que seis años después
del estreno de On Connaít La Chanson, regresa con
un nuevo musical, adaptando esta vez una opereta parisina de 1925,
escrita por André Barde, con música de Maurice Yvain,
que ya fue llevada al cine en 1931. El film se inscribe dentro del
interés histórico de Resnais por rescatar algunas expresiones
artísticas de la cultura popular francesa. Si en Mélo,
rendía tributo al teatro de bulevar en su vertiente seria,
aquí recupera la tradición del vodevil con una trama
de asuntos frívolos que se enreda a partir de equívocos,
siguiendo las reglas de esta forma de espectáculo a rajatabla.
Dividida en tres actos: uno inicial de presentación de los
personajes, un nudo en el que se complica la trama y el feliz desenlace,
bascula en progresión hacia la comedia, dejando claro que la
excusa que da pie a la trama y su resolución, son lo de menos,
lo importante es el desarrollo de la acción. Resnais concibe
el film como un puro entretenimiento que funciona como un reloj y
demuestra que lo importante es la puesta en escena. Todo sucede en
el mismo espacio principal, los personajes se evaporan al salir de
escena. De esta forma, lo increíble se convierte en plausible,
y se elimina cualquier anacronismo que pudiera darse. El virtuosismo
que alcanza en la composición de algunos números musicales
es deslumbrante. Los personajes dialogan constantemente con la cámara,
unas veces desvelando alguna confidencia y otras escondiendo detalles.
Incluso le interpelan para conocer su opinión sobre la obra.
Y así el film se beneficia de la complicidad que se establece
con el espectador. Para disfrutar plenamente de Pas Sur La Bouche,
es necesario entrar en el juego que propone Resnais en este homenaje
de marcado carácter retro.